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El día que la vi estaba en la puerta de mi casa; y no estaba sola, venía acompañada de sus hermanos más pequeños. Fue curioso, era como si hubiesen estado buscando un lugar entre todos para dejarla ahí, y luego todos marcharse como manada. Y la verdad es que así fue. Se dieron unas vueltas, olieron el pasto, y ella fue la única que se quedó. Yo solo mi raba por la ventana. Desde niña los gatos me encantaban. Vi cuando los más pequeños se fueron. Les iba a dar leche en unos platos que había preparado, ya que desde mi ventana observaba todo el movimiento. Eran cuatro gatos y ella. Los demás se fue ron y no regresaron jamás, ella, sin embargo, se quedó. La tomé en mis brazos. “Estás segura aquí, pequeña”, le comenté y la acurruqué junto a mí. Ella bebió toda la leche y le dije que su nombre se ría Kitty. Desde ese momento se convirtió en mi fiel amiga. A cada lugar que iba me seguía. En ese tiempo estaba pasando por un momento muy difícil. Me estaba separando, de un matrimonio de casi 45 veinte años. La casa se iba a remate por deudas de mi exmarido y todo debía comenzar otra vez. Pasaron algunos años y la vida junto a mis dos hijas mayores, que en ese momento eran adolescentes, nos llevó al sur del país. Y se nos sumó esta nueva integrante de la familia, la hermosa gatita blanca. Llegó muy flaquita y con el pelo seco. Fue el amor y todos los cuidados que le brindamos, lo que hizo de ella una hermosa gata. Cuando regaloneábamos con mis hijas, la Kitty también se subía a la cama y se ponía a ronronear. En el sur vivimos muchos años. Todo el tiempo en el que mis hijas mayores estudiaron en la universidad y también los primeros años de vida de Camila, mi tercera hija. Teníamos una casa en Chiguayante, hermoso lugar cerca de Concepción, al lado de un cerro, mucha naturaleza, mucho campo. Y como yo siempre he sido amante de los animales, a doña Kitty se sumaron perros, canarios y catas. Recuerdo que también me hice de una gran pecera. Teníamos espacio para tener animalitos y todos eran rescatados. Pero la regalona fue siempre la Kitty. Trabajábamos mucho en ese entonces y aun que llovía a mares, esa inclemencia climática no era justificación para ausentarse del laburo. Allá no se para por el clima, se trabaja como cualquier día. Cuando llegaba a casa cansada del trabajo, la primera que corría hacia mí era ella, nuestra bella gata. Mis hijas mayores ya estaban trabajando también. Se habían recibido de sus carreras y solo quedaba mi conchito, Camila, con quien compartir mis tiempos libres. Igual extrañaba a mis niñas grandes. Hubo momentos de mucha soledad y parecía que Kitty se daba cuenta y me acompañaba en todo momento. Me pasaba sus manitos por la cara, yo le hablaba y ella me miraba, me ronroneaba, frotaba su cola por mi pelo y se dormía conmigo. A veces esa soledad me llevaba hasta el llanto y la Kitty ponía sus manitos en mi boca y los ojos como diciendo “mamá no llores”. Desde el día en que llegó a nuestra casa en Villa Alemana hasta el tiempo que vivimos en Chiguayante, pasaron diecinueve años. ¿Cómo tanto? No lo sé. Creo que el tiempo vuela y sopla como una brisa, tan suave, pero tan rápido que no nos damos ni cuenta y vamos envejeciendo. Mi gatita también envejecía. Un día, cuando llegaba a casa, muy cansada, me encontré con la Kitty tirada en el pasto, sucia y extrañamente inmóvil. ¿Qué pasó? ¿La habrán matado los perros? Eso era difícil, porque la gata se llevaba bien con ellos y solo jugueteaban en el patio. Lo que le pasaba a Kitty era producto de su avanzada edad. Tenía reumatismo y ya había empezado a evidenciar los dolores y achaques de una gata ancianita. Yo la llevaba constantemente al veterinario y le daba vitaminas todos los días. Ahora que lo pienso, creo que no quería darme cuenta de que mi gatita en cualquier momento iba a morir. Y así fue   tenía 19 años. Había vivido harto. Me acerqué, la tomé en mis brazos, la envolví en su chal regalón y corrí con ella en mi auto lo más rápido que pude a la veterinaria que la trataba. Mi desesperación no dejó que me diera cuenta de que la Kitty ya no estaba respirando. Llorando, llegue a la consulta médica con mi gatita en brazos. Apenas la vio, la doctora me dijo: “Cecilia, está muerta, no hay nada que hacer, ya cumplió su ciclo”. Es difícil dejar partir a nuestras mascotas cuando las queremos tanto y han llegado a ser parte de nuestras vidas, de nuestras familias. Ella estuvo conmigo en tantos momentos relevantes de mi vida. Por ejemplo, mi separación y todo ese proceso interno que me llevó a no pensar ni por un instante que volvería a enamorarme y que mi prioridad siempre ha sido y será mis hijas. Sin embargo, volví a querer y a creer en el amor. Tuve a Camila, mi conchito regalón. Hice toda una vida en el sur y me saqué la mugre trabajando para que mis hijas estudiaran y nada les faltara, más aún si se considera que mis dos hijas mayores no contaron con apoyo paterno… Y siempre la Kitty estuvo ahí. Cuando el agotamiento parecía ganarme, una pequeña gatita se acurrucaba a mi lado. Su cariño era el con suelo para mis noches de frio en Concepción. Solo quien ama a los animales entenderá cuanto amor sentí por esa gatita. Con ella se fueron años de mucha experiencia acumulada y todo volvía a empezar otra vez. El día 19 de febrero del año 2012 mi gatita falleció. No quise dejarla allá, no podía, quería tener un lugar donde ponerle una florcita o saber que estaría bien y que ningún otro animalito escarbaría en la tierra donde la hubiésemos enterrado. Han pasado nueve años desde aquel episodio. Mi hija más pequeña ya está en la universidad, las grandes están felices en sus empleos, yo ya no trabajo tanto como antes, pero lo sigo haciendo desde mi casa, porque me gusta, y sigo cuidando de mis mascotas. Pero cada noche, sobre todo en días fríos o de lluvia, recuerdo a mi gatita. Sus ronroneos eran únicos, su manito sobre mi cara… Solo puedo decir que no hay cariño más incondicional que el de una gatita agradecida a la que recogiste de una manada sin rumbo. Yo le agradezco a ella su compañía en aquellas frías noches de soledad y cansancio. “Doña Kitty, siempre estarás en un pedacito importante de mi corazón”.

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