En aquella plaza se le veía todas las mañanas de domingo en el asiento blanco que era el suyo de aquel viejo que con harapos siempre se vestía. Nunca hablaba solo tosía y un pañuelo era toda su compañía.
Con migas de pan en sus bolsillos alimentaba las palomas todas las mañanas ellas lo esperaban, solas lo seguían. Los niños lo miraban él una sonrisa les daba con aquel rostro cansado el que un día fue terso con un cuerpo espigado del que nada quedaba, solo, arrugas. Con unos harapos puestos migas en sus bolsillos y con un pañuelo arrugado eran toda su compañía.
Un domingo junto a las palomas, cayó, todos se acercaron a ver aquel viejo que solo se sentaba en aquel banco. Pobre viejo dijeron, solo lo miraron, luego se fueron.



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